La ciudad de la equidad. Érase una vez en un país lejano, en el que todos los habitantes de la ciudad vivían felices y orgullosos de la ciudad en la que vivían.
La ciudad de la equidad era un lugar hermoso, con calles amplias llenas de árboles y coloridas flores. Allí, se encontraban personas de diferentes lugares, de distintas culturas que convivían en armonía.
La alcaldesa de la ciudad, era una mujer sabia y justa, que se preocupaba por mantener la equidad y la paz en su querido lugar. Ella promovía la igualdad de género, racial, social y cultural entre los habitantes de la ciudad.
Todos los días, en el centro de la ciudad, había diferentes actividades y eventos organizados por los habitantes de la ciudad, que buscaban fomentar el respeto y la inclusión de todas las personas.
Los niños y las niñas de la ciudad eran los más felices, porque allí se aprendía la importancia de valorar a cada persona por igual, independientemente de su aspecto físico, género, religión o situación económica.
En una de estas tardes, la alcaldesa convocó a una asamblea en el centro de la ciudad para hablar sobre un tema muy importante: un grupo de personas extranjeras que habían llegado a la ciudad.
La alcaldesa les pidió a los habitantes que trabajaran juntos para ayudar a los recién llegados a sentirse bienvenidos y apoyados en su nueva vida en la ciudad de la equidad.
Pero no todos los habitantes de la ciudad estaban de acuerdo con esta idea, algunos temían que los nuevos habitantes pudieran traer problemas y conflictos a la ciudad.
Sin embargo, un grupo de niños y niñas se unieron con gran entusiasmo para ayudar a los nuevos habitantes. Ellos sabían que debían actuar con compasión y empatía para ayudar a quienes estuvieran pasando por una situación difícil.
Se juntaron y se presentaron ante la alcaldesa, ofreciendo su ayuda para que la integración de los nuevos habitantes en la ciudad de la equidad fuera un proceso sencillo y agradable.
La alcaldesa les agradeció su valentía y generosidad, y se comprometió a trabajar con ellos para llevar adelante esta tarea tan importante para su ciudad.
Con el correr de los días, el grupo de niños y niñas aportó sus habilidades para que los nuevos habitantes se sintieran como en casa. Invitaban a los nuevos niños a jugar, a conocer la ciudad y los lugares más emblemáticos.
Les enseñaban las tradiciones de su país, los invitaron a sus casas a compartir una cena y a hablar sobre sus culturas. Todos esos pequeños gestos hicieron que los nuevos habitantes se sintieran seguros y queridos en la ciudad de la equidad.
Poco a poco, estos nuevos vecinos comenzaron a participar en las actividades y eventos de la ciudad. La diversidad cultural que presentaban enriquecía a la ciudad de la equidad, y la sensación de bienestar y pertenencia se hacía cada día más fuerte.
Los habitantes de la ciudad comenzaron a valorar cada día más la riqueza que la diversidad les ofrecía, y así lograron superar sus prejuicios y temores.
La alcaldesa de la ciudad al celebrar junto al grupo de niños y niñas el gran trabajo realizado por ellos, recordó que en la ciudad de la equidad, todas las personas tienen un lugar importante y que la cooperación y el respeto son la clave para unir los corazones más diferentes.
La ciudad de la equidad se había vuelto aún más especial: una verdadera comunidad en la que había amor, compasión y que respetaba a todas las personas, sin excepción.
Con esa nueva experiencia, los niños y niñas aprendieron que la diversidad es un valor muy valioso y que todas las personas merecen respeto y que debemos ser solidarios con aquellos que necesiten nuestra ayuda.
Y así, la ciudad de la equidad se transformó en una referente en todo el país, que se destacaba por la importancia que se le dio a la equidad y por la forma en la que valoraban y respetaban a todas las personas por igual.


