El valor de la empatía. Érase una vez una pequeña aldea que estaba ubicada en un valle verde y frondoso. En esa aldea, vivían personas de diferentes orígenes, etnias y culturas. Los niños y niñas jugaban juntos todos los días y se divertían mucho juntos, sin importar de dónde venían.
Un día, llegó a la aldea un niño nuevo. Era alto, de piel oscura y tenía un acento diferente. Los niños y niñas de la aldea nunca habían visto a alguien como él antes y, como consecuencia, hicieron lo que cualquier niño o niña haría: lo señalaron, se burlaron, lo empujaron y lo dejaron solo.
El niño nuevo se sintió muy triste y solo. No sabía qué hacer y no entendía por qué lo estaban tratando de esa manera. Empezó a pensar que algo estaba mal en él, que quizás tenía algo malo que los otros niños no sabían. Así que, poco a poco, se fue alejando de la aldea y se aisló en las afueras.
Un día, mientras exploraba fuera de la aldea, se tropezó con un río profundo y peligroso. No podía nadar y tenía miedo de ahogarse. Entonces, empezó a llamar por ayuda, pero nadie lo escuchó.
De repente, una niña se asomó y vio al niño ahogándose. Se llamaba Teresa y era una de las niñas más populares de la aldea. Aunque la mayoría de los niños se mostraban desinteresados y no tenían empatía por él, ella sintió que tenía que hacer algo.
Teresa corrió lo más rápido que pudo hacia la aldea y contó a los otros niños y niñas lo que estaba pasando. Al principio, no mostraron mucho interés, pero cuando se dieron cuenta de que el niño realmente estaba en peligro, cambiaron de opinión.
Corrieron hacia el río y vieron al niño luchando para mantenerse a flote. Con el líder del grupo a la cabeza, formaron una cadena humana y lograron sacar al niño del río.
El niño estaba aterrorizado y en shock. No sabía cómo reaccionar ante lo que había pasado. Quería agradecerles, pero no sabía si era apropiado. Miró a los niños con recelo, pero lo que vio en sus caras no eran señales de hostilidad sino de preocupación.
Lentamente, se puso de pie y se acercó a ellos. Entonces, uno de los niños, llamado Luisa, le sonrió y le dijo que todo estaría bien a partir de ahora.
A partir de ese día, los niños y niñas de la aldea aprendieron que, aunque todos somos diferentes, está en nuestra capacidad empatizar con los demás y ayudarles en momentos de necesidad. Todos trabajaron juntos para hacer que el niño nuevo se sintiera bienvenido, incluyéndolo en sus juegos y aprendiendo acerca de su cultura y forma de vida.
A lo largo de los días, el niño nuevo fue encontrando su lugar en la aldea. Aprendió a hablar mejor español y a hacer nuevos amigos. Los niños y niñas también aprendieron algo importante: que no importa el color de piel, género, origen o cultura, todos tenemos algo en común. Todos somos seres humanos y necesitamos empatía y amistad para ser felices.
Finalmente, los niños y niñas de la aldea entendieron que la empatía, el amor y la inclusión son los verdaderos valores que hacen felices a las personas. Y así, la aldea se transformó en un lugar mejor, lleno de alegría y diversidad.
Desde entonces, la aldea se convirtió en un sitio donde la igualdad de género, racial, social y cultural eran los pilares de la comunidad. Los niños y niñas aprendieron a valorar y respetar la diversidad, y juntos vivían felices. Y aunque se encontraban en un pueblito aislado, la empatía los conectaba con todo el mundo.
Y es así, queridos niños y niñas, como aprendimos el valor de la empatía. Recuerden siempre que, aunque todos somos diferentes, lo importante es saber ponernos en los zapatos del otro y tratar a los demás con amor y respeto. ¡Buenas noches!


